Marketing del Tercer Mundo

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Opinion

Siempre me ha sorprendido, y quizá por eso tengo un estudio de diseño y publicidad, el modo en que las personas utilizan la creatividad para vender lo que sea. En especial las tiendas de la esquina: tendejones, fondas, peluquerías, etcétera, cuyos propietarios, ante la falta de recursos para contratar los servicios de un diseñador gráfico profesional, abren el cajón derecho del cerebro y nos obsequian verdaderas obras maestras en las fachadas de sus establecimientos.

Están desde los clásicos “Pintamos casas a domicilio” y “Vendemos hielo bien frío” hasta los pollos multifacéticos: el invidente cumbianchero, el cocinero fanático del Chavo del 8 y el travesti (una carnicería, una taquería y una pollería); el monstruo de bíceps en los antebrazos (un gimnasio); los oseznos prófugos del hiperrealismo salvaje (una sala de fiestas infantiles); la estrella del porno muy bien peinada y las microempresarias que se sienten modelos (estéticas de belleza); el emprendedor que pone a prueba la fuerza de voluntad de sus vecinos de Alcohólicos Anónimos (un expendio de cervezas); la panadería para consumidores con un IQ de al menos 560 (La Biblioteca Del sabor); el tendejón que rinde honor a criaturas mitológicas de la cultura popular (El Chupacabras); la heladería con ínfulas de tlapalería (La Brocha) y la tienda de abarrotes aspirante a taller mecánico (El Motor Eléctrico); hasta llegar finalmente al negocio más insólito de todos (Bicipollo), donde no venden bicicletas, ni pollos.

Estos artistas de la mercadotecnia, por desgracia, están en vía de extinción, desde que levantaron la mirada al cielo en busca de las musas y en su lugar se toparon con espectaculares poco creativos que anunciaban la nueva línea de hamburguesas a la parrilla, la nueva bebida energética gasificada y los nuevos planes de telefonía celular, haciéndoles creer que ha llegado la hora de pasar la estafeta a las nuevas generaciones que asisten a las decenas de licenciaturas donde jóvenes acicalados y sonrientes aprenden a buscar nuevas formas de obstruir el paisaje celeste.

Vaciados los bolsillos, asumen que sus retoños saldrán convertidos en ejecutivos de corbata que sacarán a flote el negocio amenazado por la globalización y los tratados de libre comercio, que han traído consigo una invasión de franquicias nacionales y extranjeras que les roban la clientela de la cual gozaron toda la vida.

Resultado: los flamantes licenciados sacan de la chistera la idea de “Promoción al 2 x 1 en todos los productos de la tienda”, y para hacérselo saber al mundo, hipotecan el resto del patrimonio familiar para aparecer en revistas gratuitas que nadie lee y contratar los servicios de empresas que imprimen y tiran reparten volantes en las avenidas y en los garajes de las casas del vecindario, papelitos que los “clientes potenciales”, en caso de recibirlos, no dudan en hacerlos bolita y justificar un aumento de sueldo en los recolectores de la basura.