Historias olímpicas

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200 años de salir adelante con optimismo

I

En un país de poco más de cien millones de habitantes, la mitad vive en pobreza, y el 2% amasa el 80% de la riqueza. Tres son los partidos políticos que gobiernan, sin ideología alguna, que a su vez tienen sucursales con nombres y colores pintorescos como los equipos de fútbol que de la noche a la mañana aparecen y desaparecen en la liga local. La analogía rebuscada (más no por ello falsa) viene a cuento porque el deporte nacional, para sorpresa de sus vecinos desarrollados, es el de meter una pelota dentro de una portería en vez del levantamiento de machete.

II

Emilio es el nombre de uno de los pocos hombres afortunados del país, cuyo trabajo consiste en entrar todos los días a las casas del 98% de la gente para decirles que tengan paciencia, mañana será un gran día. Prueba de ello es la historia repetida desde los tiempos de su padre, en donde la mujer pobre, pero trabajadora, logra casarse y formar una familia con su jefe rico. O la de los hombres de extracción humilde, que gracias a meter una pelota dentro de la portería, tienen acceso a los partidos políticos y a las mujeres hermosas que derraman lágrimas en la televisión.

III

Carolina es una joven extraordinaria. Le rompió el corazón a su madre, quien soñaba con verla semidesnuda en horario estelar y no cada cuatro años en los noticiarios deportivos. El cronista dijo, para variar y no perder la costumbre, fue eliminada en primera ronda, en lo que parece ser una disciplina que a nadie interesa.

IV

Laura ama a su nieta. La nieta de Laura ama a su pelota. La pelota es de un color brillante. Rebota y vuela por los aires. La abuela piensa con amargura que si su nieta hubiera nacido hombre, en vez de lanzar y abrazar la maldita pelota mientras hace acrobacias, le daría por patearla dentro de una portería y la gente le aplaudiría.

V

Joaquín ignora el placer que le causa cada cuatro años pasar horas frente al televisor, viendo a personas dar piruetas en agua, tierra y aire. Siente vergüenza por sus compatriotas que siempre quedan últimos, y una profunda envidia por los vecinos desarrollados que siempre quedan primeros. Le embarga una profunda depresión saber que en pocos minutos tendrá que levantarse y salir a trabajar para unos ladrones que se roban todos los impuestos, que por supuesto él nunca paga.