Entre todas las modalidades aplicadas en EE.UU., este método ostenta la tasa más alta de ejecuciones fallidas.

El dramático desenlace en el intento de ejecución de Christa Pike en Tennessee no solo paralizó el calendario de la pena capital en el estado, sino que encendió un feroz debate ético y legal en EE.UU. sobre la viabilidad de los métodos de ejecución. Tras sobrevivir a dos inyecciones letales y ser trasladada de urgencia a un centro médico externo, el estado de salud de la reclusa sigue siendo incierto.
El fallido procedimiento generó una ola de reacciones contrapuestas. May Martinez, madre de Colleen Slemmer —la víctima asesinada por Pike en 1995—, lamentó que la jornada se haya convertido en “un desastre”.
El método con mayor margen de error en EE.UU.
De acuerdo con las investigaciones del profesor de Ciencia Política y Jurisprudencia del Amherst College, Austin Sarat, plasmadas en su libro ‘Gruesome Spectacles’ (Espectáculos espeluznantes), el 3 % de las 8.776 ejecuciones registradas en EE.UU. entre 1890 y 2010 resultaron fallidas.
El académico define estos episodios como rupturas o desviaciones del protocolo oficial que generan agonía innecesaria o reflejan una flagrante incompetencia, citando precedentes escalofriantes como reos en llamas en la silla eléctrica, ahorcamientos por asfixia en lugar de ruptura cervical y dosis erróneas en inyecciones químicas. Entre todas las modalidades aplicadas en el país norteamericano, la inyección letal ostenta la tasa más alta de ejecuciones fallidas.
Ante la gravedad del caso actual, el gobernador de Tennessee, Bill Lee, suspendió la última ejecución prevista para este año y ordenó una revisión independiente a cargo de terceros.













