LA JORNADA

Se fue Alí, el más grande de todos los tiempos

Me cobijaba aún el útero materno en 1973 cuando ya Muhammad Alí había dejado de ser Cassius Clay para convertirse en una figura consagrada. ”Volaba como una mariposa y picaba como una abeja”; Sony Liston lo probó: “¡He dicho que hasta aquí hemos llegado!”, y escupió el protector. Iba a iniciar el séptimo asalto de la pelea un 25 de febrero en Miami del año 1964.

Ahí justo esa noche en la capital del sol, el nativo de Louisville Kentucky duerme como Clay y despierta siendo Muhammad Alí, coronándose campeón de los pesos pesados. Ese génesis genera la proyección a niveles insospechados con ingredientes externos, pero íntimamente ligados a la construcción del mito vivo más encumbrado que el boxeo haya parido.

”Se escribe para llenar vacíos, para tomarse desquites contra la realidad, contra las circunstancias”, dice Vargas Llosa y nada mejor que esta excusa fúnebre para intentar reprocharle a la muerte la desaparición de Alí.

¿Qué es la genialidad sino el equilibrio al borde de lo imposible? escribió Norman Mailer, después de ver en Zaire tirado horizontalmente a Foreman, víctima de una emboscada de Alí, que llevó a Big George a esos círculos del infierno de los que habla Dante en su Divina Comedia.

La noche del 30 de Octubre de 1974; en tierras donde aún se podía oler la sangre inocente derramada por el genocida Mobutu Sese Seko, George favorito en las apuestas siete a uno, fue conducido como toro al degüello con Alí como principal estratega del plan siniestro.

Y es que ciertamente como lo define Mailer en su libro (The Figth), ”No hay golpe que repercuta más negativamente que aquel que no da en el blanco”; y Alí en las cuerdas sorteo todo el aluvión absorbiendo muchos y haciendo fallar otros tantos. Foreman sin la más mínima idea estaba gestando golpe a golpe su propia sepultura.

Alí recostado en las cómplices cuerdas esperó pacientemente el agotamiento de su presa; Foreman se acercó a la “serpiente” y Alí, listo para aguijonear como una cobra, desplegó sus mejores movimientos llenos de poder envenenado. Asestó combinaciones a la humanidad del Big, una rasante derecha fue el preludio del Apocalipsis inmediato que hizo girar a Foreman sobre sí mismo hasta caer en la lona. Todavía había fosfatina y tiempo para un trazo más, pero como Leonardo Da Vinci y su Mona Lisa; Alí supo en ese instante que la obra maestra estaba consumada.

La fotografía de Foreman aniquilado, siendo observado por Alí, reúne y resume una gesta boxística de ribetes espectaculares.

Las batallas frente a Frazier son epopeyas sempiternas que demuestran, ”que el boxeo es un arte del siglo XX, y ese fue Alí” afirma Mailer. Sin duda agregaría yo, la trilogía en cuestión es una obra de consulta para todo practicante del arte de fistiana.

Después de los despueses queda grabado en piedra la grandeza del que desaparece físicamente, pero lo construido en mármol por sus manos lo convierte EN EL MÁS GRANDE DE TODOS LOS TIEMPOS.

*Miami, Florida

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